Cómo dejar de obsesionarte cuando no te contesta

Dejar de obsesionarte cuando no te contesta a los mensajes

Una de las peores cosas que te puede pasar cuando acabas de conocer a una persona es que no te conteste a los mensajes. Es normal, conoces a ese hombre que te gusta tanto, le envías un mensaje y, de repente, silencio total. Entonces, comienzan las preguntas, ¿será que no le gusto? ¿Será que está hablando con otras 30? Preguntas, preguntas, preguntas y, al final, te rayas. No falla.

Lo primero es saber distinguir a un mareador de alguien que, simplemente, está igual de perdido que tú o que, en cualquier caso, puede que tenga mucho trabajo o ande un poco despistado. El problema, claro es que cuando alguien te gusta, hasta un simple “ok” te da para rallarte un par de horas (o de días). Enseñas la conversación a tus amigas, envías pantallazos al grupo de Whatsapp… No sabes qué hacer y acabas rallada. Al final, la única forma de digerir esto es salir por ahí con tus amigas y tomarte unas cervezas.

La teoría nos la sabemos todas: si no te quieres a ti misma, nadie podrá llenar ese vacío. Aprendes que no tienes que pensar tanto en las cosas, que solo tienes que pensar en el ahora, que tus inseguridades te hacen débil… Al final aprendes a seguir aprendiendo… Pero eso tampoco te salva de rallarte.

Entonces, ¿nada nos salva de rallarnos por un ligue? ¿Qué tenemos que hacer para no obsesionarnos cuando no contesta a nuestros mensajes?

1. Enfréntante a los problemas de uno en uno

Para solucionar un problema, lo primero que tienes que hacer es entender que tienes un problema. Tranquila, estamos entre amigas, todas hemos revisado cien veces la conexión del chico que nos gusta. No tienes que avergonzarte de ello.

Es algo muy común: chica conoce a chico. Entran al juego del ligoteo. Se intercambian los teléfonos. Se agregan al Facebook. ¿Y qué pasa ahora?

  1. Duermes con el móvil en la mano. Te lo llevas hasta a cagar. Es tu nuevo mejor amigo.
  2. Si tarda en contestar o no hablas con él, te pones de mala leche.
  3. Siempre te pillas más que él.
  4. Cambias tu forma de ser para gustarle más.
  5. Tu ligue es tú único tema de conversación.
  6. Sueñas con él.
  7. Le das miles de vueltas a lo que te ha dicho y piensas en que será de vosotros.
  8. Te da pánico que deje de interesarse por ti. No sabrías qué hacer.

¿Te suena alguna de estas frases? Si te suena, si te has visto reflejada en alguna de ellas… Es que te estás obsesionando con tu ligue. Mal asunto.

2. ¿Por qué te estás obsesionando?

Por mucha practica que tengas, cuando entras en el juego del ligoteo eres como un pajarillo recién salido del nido. Tú echas a volar, pero las alas te fallan casi siempre. Tienes que aprender y ese aprendizaje da miedo. Si no superaste ese miedo a los veinte, tendrás que hacerlo a los treinta… Es así, siempre está ahí y tienes que aprender a hacerle frente.

¿Qué es ese miedo? El miedo es un sentimiento muy personal y depende siempre de lo que hayas vivido. Los miedos suelen ser reflejos de nuestras inseguridades. Durante nuestra adolescencia somos muy susceptibles a las críticas y al rechazo, esta etapa de la vida siempre nos deja muchas huellas emocionales. Un ex que intentó convencerte de que no valías nada sin él o una familia que te ha visto siempre como una niña incapaz de hacer nada por sí misma.

Cuando creces arrastras esos miedos, temes que esas críticas se hagan realidad por arte de magia. A lo largo de tu vida permites que otros definan quien eres y conviertes sus frustraciones en tus inseguridades. Dejas tu felicidad en manos de personas que justifican las faltas de respeto, los insultos y los reproches con el comodín del “lo hago por tu bien” o “es solo mi opinión”, y cuando por fin conoces a alguien que de verdad vale la pena te quedas paralizada.

¿Y si me vuelve a hacer daño? ¿Y si no es bueno para mí? ¿Y si solo quiere un polvo y yo quiero algo más? ¿Y si busca una relación seria pero yo no estoy preparada? ¿Hará lo mismo con todas? ¿Y si le gusto demasiado? ¿Y si no le gusto? Al final, con tanta pregunta, pierdes el tiempo… y se te pasan las oportunidades.

3. Pasar de las rayadas mentales

¿Tiene sentido preocuparse tanto?

Pensar mucho las cosas es como subirse a un columpio. Te entretienes, pero no vas a ninguna parte. El problema es que huir de las rayadas no es tan sencillo como parece, no te sirve con decirte: “no te rayes, tía”. Primero hay que preguntarse si tiene sentido seguir pensando así. Tienes que ser crítica contigo misma y no caer en el victimismo, aunque tampoco en el flowerpower. Ni todo es negro, ni todo es de color rosa.

Asume que nunca podrás controlar la situación, jamás sabrás todo lo que piensa una persona sobre ti y que esa incertidumbre formará parte de tu vida siempre. Sí, es imposible cambiar todo lo que te da miedo. Por suerte, puedes cambiarte a ti misma.

4. Comunicarse

Si quieres saber algo de una persona, solo tienes que preguntarle. Entiendo que parecer vulnerable te dé pánico, crees que es un síntoma de cobardía, pero los valientes de verdad caminan aunque les tiemblen las piernas.

5. Estar solo no es nada malo

A veces lo mejor que puedes hacer es aprender a estar solo. Centrarte en ti, con el apoyo de tu familia y de tus amigos. Si lo haces, si piensas en ti, poco a poco podrás restaurar la confianza en ti misma y la autoestima. La clave es no tener prisa, tienes que tomarte el tiempo necesario para comprender que eres la única persona que puede hacerte feliz siempre.

Cuando solapas las relaciones por miedo a estar sola, estás actuando como una cobarde, tendrás calor hoy, pero te faltará mañana. No quiero decirte que te quedes sola para siempre, pero igual te iría bien conocerte a ti misma un poquito. Si pones tu vida, tu felicidad, tus gustos y tu personalidad en manos de otra persona, te resultará imposible descubrir quién eres.

6. Autoestima

Lo principal es aceptar tus defectos. Reconoce que no eres perfecta y aprende a perdonar tus fracasos, acéptalos tal y como son: pasos en el camino de la vida. La inseguridad es solo una forma de exteriorizar tu miedo a no ser perfecta, pero olvidas que la perfección que tanto deseas es algo que te impone la sociedad para que seas uno más. Recuerda que siempre tendrás días de mierda, porque caer es algo inevitable y levantarse obligatorio.

7. No tienes nada que demostrar

Vivir para lo que piensan los demás es agotador. Si permites que los demás definan quién eres y dependes de lo que piensen y de si les gustas o no, acabarás agotada.

Tienes que conocer a la persona que más te va a querer en la vida, tú misma. Mírate en el espejo como si fueses el último donut de chocolate, ponte una comedia mala cuando tengas un mal día, escucha a tope esa canción que te anima cuando estás de bajón. Tú eres tu media naranja, no dejes que te cuenten historias.

A veces cuando creas que lo sabes todo sobre ti, descubrirás cosas nuevas. Pocas veces te paras a reflexionar sobre tus sentimientos, sobre las cosas de las que eres capaz, sobre tus limitaciones o tu actitud. Cuando descubras quién eres de verdad no necesitarás que nadie te defina.

En fin, como puedes ver, la norma básica para no rallarte cuando no te contesta, es dejar de pensar tanto en tus ligues. Tienes que empezar a centrar tus esfuerzos en ti, tienes que pensar en ti y luego, si te queda algo de tiempo, puedes comenzar a pensar en los demás. Ahora ya tienes algunas ideas de cómo hacerlo, así que ya sabes, deja de rayarte porque no te responda a los mensajes.

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